miércoles, 18 de abril de 2012

La primera vez que tienes una relación ni siquiera sabes muy bien qué es eso del amor. Te fijas en ese niño, y te acercas. Con una simple pregunta se arregla todo ¿ quieres ser mi novio? En la infancia todo es más fácil, igual que hacer amigos, problemas sustanciales se solucionan con preguntas simples de respuesta igual de simple. E imitas lo que ves. Por eso a pesar de tener 4 o 5 años agarras de la mano a ese pequeñajo y te sientes mayor.
Empiezas a crecer, y tratar de efectuar una conquista no es tan simple como pegar plastilina en el pelo a un niño con la excusa de quedarte a solas con él. Empiezas a comprender poco a poco qué es ese fenómeno llamado amor, del que todos hablan, que todos afirman conocer, pero que en realidad pocos te pueden definir con exactitud. Con 10 años sigues imitando lo que ves, quizás con un poco más de conocimiento, y los rechazos y rupturas empiezan a doler más.
Más adelante, llega la temida adolescencia, las hormonas se disparan, y ves amor cada dos por tres. Empiezas a preocuparte demasiado por todo, pierdes la confianza que tenías de niño, y echas de menos esa simple pregunta que lo conseguía todo “ quieres...?”. Piensas que todo eso que lees en los libros y ves en las películas debe ser real, y un buen día, crees que lo has conseguido. Afirmas de forma cabezota que te has enamorado de verdad, y te hundes en lo más hondo cuando todo se rompe. Eres capaz de hacer locuras, de llorar noche y día, y de desesperarte en cualquier momento. Maldices al amor, a las películas, a los libros y al niño al que pegaste la plastilina en el pelo ( es que entonces fue tan fácil!). Definitivamente, afirmas una y otra vez que no volverás a sentir nada semejante, y te comprometes a pasar por la vida sin sentir nunca más, evitando así el dolor.
Y de repente, cuando menos te lo esperas, sucede. Aparece alguien que lo cambia todo. Y vuelves a creer en las novelas, los cuentos y todas esas películas que abandonaste firmemente convencida de que jamás volverías a creer en ellos. Y aprendes a vivir cada momento, a no preocuparte tanto y a dejarte llevar. A atreverte a querer, y casi más importante, atreverte a que te quieran. Sabes que es difícil vivir un “ para siempre”, pero ¿ qué más da? Él es tú “ ¿ para qué preocuparse?”, y no piensas más. Piensas en que le quieres y en que, por el momento, eso está ahí, y es lo único que importa.

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